Reflexiones del Ruiseñor de las Moscuas

20 mayo 2005

21- Diga 33

El paciente se subió con parsimonia a la camilla mientras escrutaba al médico que tenía delante. Algo no le olía bien. Sabía que estaba enfermo, pero no tenía ganas de saber cuánto.
Diga 33, dijo el doctor. El paciente dudó. No había cuidado demasiado bien su cuerpo en el último cuarto de siglo y estaba seguro que al decir ese número el doctor vería lo podrido que estaba por dentro. Ya sabía el diagnóstico que le iba a dar el hombre con bata que esperaba delante de él, por eso había dejado siempre para otro rato esta visita. Pero ya no había marcha atrás. Estaba en la consulta y tenía que decir treinta y tres.
Miró hacia el techo y, mientras cogía aire, se maldecía por esos veinticinco años de dejadez que había tenido consigo mismo. Treinta y tres. Intentó disimular el sonido ronco de su voz, provocado por tanta mala vida.
Repita otra vez, si hace el favor. Esta vez no hizo esperar al doctor y no se acordó de intentar disimular su voz, con lo que salió más grave que la anterior. Esto se repitió durante casi una decena de veces, en la que la voz del paciente cada vez sonaba más ronca. Al final el doctor le dijo: usted está jodido, pero de verdad; lo suyo no se cura de un día para otro. ¿Me lo dice o me lo cuenta?, contestó el enfermo a la vez que se incorporaba. Debería cambiar algunos hábitos, su cuerpo se lo agradecerá. Ya, supongo… Murmuró el paciente.
Bajó la cabeza, con cara de pesadumbre, y se acercó a la puerta de salida arrastrando los pies. Agarró el picaporte, lo empujó hacia abajo y giró la cabeza hacia el doctor: volveré dentro de poco, agur.
Aquí le espero; lo suyo tiene cura, no lo olvide, pero tiene que tener fuerza de voluntad para abandonar algunas costumbres autodestructivas, agur.

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