15.- Cosas de niños
Un grupo de niños pequeños (cinco, seis, siete años) están acabando de ver una exposición sobre los colores. La visita (además de acompañados por los padres, que se quedan en un segundo plano y miran) la hacen en grupo y unos animadores-monitores que les guían, les explican… Ya están en el final. Todos los niños se sientan mientras uno de los animadores empieza a preguntarles cosas sobre los colores: si se pueden asociar a estados de ánimo, si te hacen ver un mismo objeto de diferente manera según sea de uno u otro color…
«¿Vosotros vais a jugar al parque?»
«¡Sí!» Contesta la mayoría de los niños al unísono. Aunque también alguno suelta un no.
«¿Y jugáis en el césped?»
«¡Sí!» Responden casi todos. De nuevo hay algún disidente.
«¿Y os mancháis la ropa de verde?»
«¡Sí!» Contestan con bastante unanimidad.
«¿Y al mar también vais?»
«¡Sí!» Dicen todos los que dicen. Alguna niña incluso se levanta. Debe ser que va mucho a mar y tiene muchas ganas de contarlo.
«¿De qué color es el mar?»
«¡Azul!»
«¿Y cuando salís del mar, estáis manchados de azul?»
«¡No!»
«¿Por qué sí os mancha el césped y no el mar?»
«Porque el azul no mancha». Contesta un niño.
«Porque el mar es líquido». Responde otro.
No me digáis que no es entrañable la inocencia de los niños. Cuando surgieron estas dos respuestas todos los adultos tenían una cara de felicidad inmensa. Ajenos a sus preocupaciones diarias, relajados, con la guardia bajada, totalmente imbuidos en el mundo infantil, en el que se sentían más que cómodos y del que, seguramente, no querrían salir. Es una pena como nos embrutecemos con el paso del tiempo. No vendrían mal grandes dosis de infantilismo, en el mejor sentido de la palabra, para que el planeta fuese un lugar más tranquilo y agradable.
[Después de esas dos magníficas respuestas una niña rompió la magia del momento y dijo que el mar en realidad no era azul, que lo que pasa es que el cielo se reflejaba en él. La tenían que haber mandado a casa.]

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